Wednesday, July 20, 2016

Sobre una famosa traducción


 
En una magnifica entrevista que acaba de publicar Letras Libres en su edición de julio, la gran poeta uruguaya Ida Vitale, habla, entre otros temas, de su oficio de traductora. Al referirse, específicamente, a la traducción de poesía, recuerda a Néstor Ibarra y dice esto: 

Me gusta menos traducir poesía porque siempre quedas inconforme. Para mí, en poesía, hay un modelo casi único: la traducción que hizo el argentino Néstor Ibarra de El cementerio marino, de Paul Valéry. Hay estrofas que son casi mejores en español que en francés. Lograr la misma reacción ante el texto traducido que ante el original es dificilísimo, pero de eso se trata y sin lograrlo no quedas conforme.eicefiere a su oficio de traductora ibres en su  semestre.  S  

En esa opinión Ida Vitale está bien acompañada. Recordemos que en el prólogo que Borges escribió para la traducción de Ibarra, encontramos una afirmación semejante. Borges modificó allí la famosa frase italiana (“traduttore, traditore”) para concluir que a veces el traducido es el traidor. Además de refutar la creencia de que el original siempre es superior a sus versiones, llegó a sostener que la de Ibarra contenía estrofas, que, confrontadas con las originales, hacían ver a Valéry como un mero imitador de su traductor argentino. Con menos sarcasmo, postuló la inexistencia de textos definitivos y el carácter de borrador que posee cuanto escribimos. Destacó asimismo que la traducción de Néstor Ibarra era la primera que cumplía “con los rigores métricos” del poema. Acá, la feliz astucia borgeana:


…invito al lector sudamericano –mon semblable, mon frére- a saturarse de la estrofa quinta en el texto español, hasta sentir que el verso original de Néstor Ibarra (“La pérdida en rumor de la ribera”) es inaccesible, y que imitación, y que su imitación por Valéry (“Le changement des rives en rumeur”), no acierta a devolver íntegramente todo el sabor latino. Sostener con demasiada fe lo contrario, es renegar de la ideología de Valéry por el hombre temporal que la formuló…

Esta es la “creación” de Ibarra: 

Como en goce la fruta se resuelve,
Como su ausencia exquisitez se vuelve
En cuanta boca su apariencia muera,
El humo que seré ya se levanta,
Y el cielo al alma consumida canta
La pérdida en rumor de la ribera. 

Y esta, la “imitación” de Valéry: 
 
Comme le fruit se fond en jouissance,
Comme en délice il change son absence
Dans una bouche où sa forme se meurt,
Je hume ici ma future fumée,
Et le ciel chante à l’âme consumée
Le changement des rives en rumeur.
--

Sin olvidar jamás la traducción de Jorge Guillén, adorada por Valéry, me es difícil, cuando se trata de “El cementerio marino”, no repetir su  penúltima estrofa en la genial versión de Ibarra que Borges recitaba de memoria:  

Sí! Delirante mar, piel de pantera,
Peplo que una miríade agujera
De imágenes del sol, hidra infinita
Que de su carne azul se embriaga y pierde,
Y que la cola espléndida se muerde
En un tumulto que al silencio imita!

Sunday, May 01, 2016

Domar el viento


Durero

Domingo de neblina y lluvia. Las seis en el reloj, con su media hora adelantada. Disfruto del tiempo que retorna y de su dulce penumbra en la mañana. 

Y la presencia imprevista de unos versos de Leopoldo Marechal:  

El caballo es hermoso como un viento
que se hiciera visible,
pero domar el viento es más hermoso
y el domador lo sabe.
--

 Afuera, el viento del este. El caballo en la memoria.

Saturday, February 06, 2016

Bass entrañable

 
 
A veces, entre los créditos, aparece un nombre que, en rigor, es una firma: la del autor de los créditos mismos. Entre ellos, ¿cómo no recordar el de Saul Bass, un maestro del diseño gráfico y de la animación, que acompañó tantas veces a Hitchcock y a Preminger?
 
Bass es, probablemente, el santo patrón del oficio. Todavía no hay lista de “mejores títulos de créditos” donde la mitad o más de la mitad de los elegidos no sean suyos. Los que hizo para Vértigo son inmacables en esas listas. Desde los labios de la mujer (y de sus ojos, que miran a uno y otro lado), hasta la espiral envolvente que llega a ser cinta de Moebius, pasando por la pupila que la cámara penetra sin pausa, todo está allí. Está como premonición del vertiginoso mundo emocional que nos espera. La música de Bernard Hermann, apropiadamente integrada por Bass a la secuencia, realza su diseño. Tanto, que Hitchcock la empleó más adelante en una escena: la de Judy en la peluquería convertida ya en Madeleine. En los numerosos ensayos, críticas, análisis, estudios o comentarios acerca de Vértigo la referencia a los títulos de Bass es inevitable. Cabrera Infante, por ejemplo, afirmó que el comienzo de esa cinta “es la obra maestra de Saul Bass”, por haber alcanzado en esos minutos “el miedo metafísico que sintió Pascal cuando miró atentamente una estrella y se encontró con el misterio en que se funden el tiempo y el espacio”.
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En un filme de John Frankenheimer que mejora con los años (Seconds 1966)), los magníficos títulos diseñados por Bass son, de algún modo, deudores de los de Vértigo. Al terminar de ver la película, si recordamos sus impresionantes carteles de apertura, nos daremos cuenta de que en ellos Saul Bass ya nos había contado la historia, en la que, por cierto, Rock Hudson no estuvo nada mal.
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Pero no son esas las secuencias que ahora tengo frescas. Después de cuarenta y dos años, vi de nuevo una película, cuyos créditos, diseñados por Saul Bass, también comienzan con unos ojos. Primero es el ojo de un tubo de donde salen los ojos de una gata negra. Después, la gata, sus patas, el paso majestuoso, más tubos, un combate y una carretera de Texas. La película, de Edward Dmytryk (Walk On The Wild Side), la vi con el nombre de “La gata negra”, en el cine Alexis de Barcelona, en Rambla de Cataluña. Su recuerdo es adorable. No por Bass ni Jane Fonda. Ni siquiera por Barbara Stanwyck. Fue la primera película que vi con Cuchi. Anoche, la búsqueda de títulos de créditos de Bass me la trajo de regalo. Así que Bass, para mí, también es entrañable.
 
FCC, 26 de enero de 2016
 
 

Saturday, August 29, 2015

De "picnic" con una amiga de Pavese


Kim Novak y William Holden, en Picnic
 
Lectura de una carta. En sus líneas, Calvino le hace a Natalia Ginzburg amistosas  sugerencias editoriales (“Primero los ensayos que aceptas como si los hubieras escrito hoy, por su acabado poético y de pensamiento, empezando por ‘Il mio mestiere”). La carta es del 11 de julio de 1962. Pocos meses más tarde, Einaudi publicaría el precioso libro de Natalia, con el título que a Calvino le parecío perfecto y con la supresión de dos textos sobre los cuales la autora tenía dudas y que su amigo lamentó no incluir, porque uno tenía “algunas observaciones buenas” y el otro era “en gran parte muy divertido”, aunque no estuvieran a la altura de los demás trabajos. Lo cierto es que el prólogo de Las pequeñas virtudes, escrito en Roma, está fechado en octubre de 1962. En él, además de esconder (es un decir) la dedicatoria a un amigo que no nombra, indica las publicaciones en las que habían aparecido todos los textos, menos uno, que ella -sin asegurarlo- estima inédito todavía: “El y yo”. Es, precisamente, ese “ensayo” (yo diría, poema), el que hoy, animado por la carta de Calvino, releí. Se trata de la amorosa biografía de una pareja, narrada mediante la enumeración de sus contrastes (“Él siempre tiene calor; yo siempre frío”). Si el viejo recurso retórico de la antítesis nos atrapa, creo que mucho más lo hace la inmensa ternura de esas páginas preciosas.  

Me detuve hoy en este párrafo para deleite de cinéfilos: 

Yo no me acuerdo nunca de los nombres de los actores; y como soy mala fisonomista, a veces reconozco con dificultad incluso a los más famosos. Esto lo irrita muchísimo; le pregunto quién es éste o aquél, y provoco su indignación: ‘¡No irás a decirme –dice-, no irás a decirme que no has reconocido a William Holden’. // Efectivamente, no he reconocido a William Holden. Y sin embargo, a mí también me gusta el cine…” 
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Hasta la tarde, porque voy de “Picnic”.

Thursday, August 27, 2015

Trabajar cansa

En una anotación de su diario, escribe Pavese: “Si hay algún símbolo en mis poesías, es el símbolo del que ha escapado de casa y regresa con alegría al pueblecito, tras haberlas pasado de todos los colores y siempre pintorescas, con poquísimas ganas de seguir laborando…”. Con la imagen de quien atraviesa una calle (no siendo muchacho ni para huir de casa) construye Pavese un poema titulado -como el libro- “Lavorare stanca”. Veamos este video:

https://www.youtube.com/watch?v=4-ULMZ4tHSE

El vicio absurdo


Seis de la mañana. A Italo Calvino le acaban de acercar un manuscrito. Después de vencer una reverente inhibición, abre el portafolio y comienza su tarea. Einaudi le ha pedido que edite y prologue un testimonio singular. Son anotaciones íntimas que revelan lo que su autor llamó por esos días “el lado trágico de la vida humana”, un lado antiguo del cual nadie suele escapar. Comienza a revisar las páginas y entre luminosas reflexiones sobre poética, encuentra un desvelado sufrimiento. Calvino descubre la procesión terrible del más lúcido y estoico de los escritores italianos del siglo XX. Se sabe leyendo El oficio de vivir, de Cesare Pavese, el admirado amigo que murió hace poco. No hallará allí la descripción minuciosa de decepciones o de los fracasos amorosos de los que tanto se murmuró. Tampoco se topará con anécdotas o episodios aflictivos, sino con sus secuelas. Italo Calvino verá el terreno devastado, pero también, el secreto esfuerzo por recuperarlo, día tras día y palmo a palmo. En la vigilia escritural, un poeta silencioso y solitario, lucha. Con secreto heroísmo, Pavese fue alojando en El oficio de vivir la historia de su alma.
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El 20 de abril de 1936 anotó que la lección era “construir en arte y construir en la vida, proscribir lo voluptuoso tanto en el arte como en la vida, ser trágicamente”.
 
Ser trágicamente -dijo Calvino- es “hacer del drama individual una fuerza concentrada que impregne de uno mismo todo tipo de acción (en lugar de gastarlo como moneda fraccionaria), de obra, de hacer humano, significa transformar el fuego de una tensión existencial en un obrar histórico, hacer del sufrimiento o de la felicidad privada, que son imágenes de nuestra muerte (toda felicidad individual, desde el momento que implica su fin, tiene su contrapartida de dolor), elementos de comunicación y de metamorfosis, es decir, fuerzas vitales”.
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Un día como hoy, hace 65 años, el “vizio assurdo” vino y tuvo sus ojos. Yo leo Los mares del sur y le doy a Pavese gracias infinitas.
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Vísperas


Constance Dowling y Cesare Pavese


Miraban algo o alguien. ¿Estaría Doris por allí? De Doris –dirá él en su diario- recibió la última dulzura.
 
Pronto, todo habrá de derrumbarse.
 
Ahora está con Connie, tan cerca y tan lejana. 

Thursday, August 14, 2014

Retrato


 
Natalia Ginzburg ha descubierto que la ciudad se parece a su amigo perdido: es terca, laboriosa y ceñuda, pero a veces el ocio la posee y se entrega al sueño. Él la amaba y por eso revive en cada esquina. Justo, en una, cree estar viéndolo Natalia, “con el abrigo oscuro de trabilla, el rostro oculto tras el cuello, el sombrero calado hasta los ojos”. Seguramente va a entrar en un café lleno de humo, donde se quitará el abrigo y el sombrero, y se dejará enrollada al cuello “la fea bufanda clara”. Es probable que saque una hoja y escriba estos versos: 

Este es el día en que suben del río las nieblas
a la bella ciudad, por entre prados y colinas,
y la difuminan como un recuerdo…
 

Las calles de Buenos Aires, dice Borges, son un mapa de su vida. Para Natalia Ginzburg, las de la suya, son la biografía del amigo. Por instantes parece que están risueñas, pero es sólo una impresión. Siguen en lo suyo: la "malinconia".
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En algunas ocasiones el amigo los visitaba por las noches. “Se sentaba, pálido, con su bufandita al cuello, y se retorcía los cabellos o arrugaba una hoja de papel. En toda la velada no pronunciaba una sola palabra… Al fin, de repente, cogía el sombrero y se marchaba”. 

Pocas veces hablaba y se mostraba alegre, pero cuando esto ocurría, todo a su alrededor se llenaba de dicha y sus amigos se volvían “mucho más inteligentes”.
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Antes de referir su muerte, Natalia Ginzburg lo evoca con el rostro demacrado de una tarde, pero sin perder en su figura la gracia eterna de un adolescente. Era un escritor célebre, que veía lo cotidiano, fama incluida, “desde inconmensurables lejanías”.  

Murió en verano. Nuestra ciudad en verano, está desierta y parece muy grande, clara y sonora como una plaza. El cielo está limpio pero no luminoso, tiene una palidez lechosa. El río fluye llano como un camino, sin emanar humedad ni frescura. De las calles se levantan ráfagas de polvo (…). // No estaba ninguno de nosotros. Para morir eligió un día cualquiera de aquel tórrido agosto, y la habitación de un hotel cerca de la estación: en la ciudad que le pertenecía, quiso morir como un forastero. Había imaginado su muerte en una poesía, de hacía muchos, muchos años: 

No será necesario dejar la cama.
Sólo el alba entrará en el cuarto vacío"
-- 

Poco después de su muerte, Natalia, su marido y unos amigos, fueron a la colina, y sintieron que él, “de alguna manera misteriosa”, siempre los había ayudado y protegido.
-- 

No conozco una mejor estampa sobre él que este retrato de Natalia Ginzburg. Lo leo y releo con enorme gusto. En sus páginas no se dice su nombre, pero se le siente entero, profundo, vivo.
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Ahora vuelvo al "Oficio..."
 __ 

(El Retrato de un amigo de Natalia Ginzburg está incluido en su formidable libro Las pequeñas virtudes)

Friday, March 28, 2014

Siempre es Bona



Bona Tibertelli de Pisis. Foto de Man Ray


Esta foto de Man Ray acompañó un post del pasado 4 de noviembre que -casi veladamente- le dediqué a ella. Lo puse en mi facebook y lo titulé Siempre es Bona. Dado que su famoso marido, André Pieyre de Mandiargues, es el autor de un maravilloso libro que tiene al barrio chino de la Ciudad Condal como escenario, jugué con la expresión “Tan si la bossa sona, com si no sona, Barcelona es bona". 

La novela es “Al margen”, y a ella me referí, por interés gastronómico, en una breve nota tanscrita en el mencionado post.

Todo ese rodeo fue para decir que no sólo Barcelona es bona y que para Octavio Paz, París también lo era, porque en esa ciudad estaba Bona.

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Bona Tibertelli de Pisis, bella mujer que Octavio Paz amó con el amor loco que decía Breton, ha vuelto hoy en la foto de Man Ray, para hacerle compañía a estos célebres versos de su inmortal amante:

He olvidado tu nombre, Melusina,

Laura, Isabel, Perséfona, María,

tienes todos los rostros y ninguno,

eres todas las horas y ninguna,

te pareces al árbol y a la nube,

eres todos los pájaros y un astro,

te pareces al filo de la espada

y a la copa de sangre del verdugo,

yedra que avanza, envuelve y desarraiga

al alma y la divide de sí misma"



(de PIEDRA DE SOL)



OCTAVIO PAZ

Monday, June 10, 2013

OFICIO DE ANOTAR


Natalia Ginzburg y Cesare Pavese
 
Ya no sé cuántas páginas suma este diario ininterrumpido desde hace 16 años, como Carmen. Lo cierto es que su escritura se me ha convertido en una costumbre y en una especie de compañía. No anoto todo en él, pero en él están los seres de mi afecto y algunas cosas que me pasan. De sus páginas también forman parte mis silencios.  

Los diarios son ejercicios de escritura y también una ayuda invalorable para la memoria. Varias veces me he valido de ellos para precisar una fecha, dar con un nombre o con algún dato que creía perdidos. Son un ensayo de lo inmediato y un inventario incompleto de lo cotidiano.  

Asimismo, los diarios son un desahogo que celebra o recusa en la trastienda. Este mío se ocupa más de mis lecturas que de otras cosas, aunque a ratos se entretenga en algunas minucias de la casa. Sé que por más evasivo o discreto  que parezca en relación con ciertas intimidades, entre sus líneas siempre va quedando algo de lo que me callo o creo callarme.  

Me gustaría uno más explícito, pero no va conmigo ese tipo de diario. Los diarios son como el diarista: tienen sus defectos (muchos en mi caso), sus manías (otras tantas) y seguramente alguno de esos hábitos “virtuosos” de los que Natalia Ginzburg habló con sabia ironía en un libro admirable, el mismo que incluye las más bellas páginas sobre Cesare Pavese que he leído: Las pequeñas virtudes.   

Hasta aquí las autorreferencias de la anotación y vuelvo a Pavese, diarista dolido y solitario, para releer su oficio de vivir, bajo la sombra de este amoroso retrato de Natalia: 

“Murió en verano. Nuestra ciudad en verano, está desierta y parece muy grande, clara y sonora como una plaza. El cielo está limpio pero no luminoso, tiene una palidez lechosa. El río fluye llano como un camino, sin emanar humedad ni frescura. De las calles se levantan ráfagas de polvo (…). // No estaba ninguno de nosotros. Para morir eligió un día cualquiera de aquel tórrido agosto, y la habitación de un hotel cerca de la estación: en la ciudad que le pertenecía, quiso morir como un forastero. Había imaginado su muerte en una poesía, de hacía muchos, muchos años: 

No será necesario dejar la cama.

Sólo el alba entrará en el cuarto vacío

(…) 

Poco después de su muerte, fuimos a la colina”. 

Ahora sale el gato de Pavese y abro El Oficio…

Sunday, May 05, 2013

Menos llamarse Carlos (Pellicer)


Carlos Pellicer

 
Del diario del gato:
 
19-01-13: Dos vueltas al parque y muchos loros reales. En la casa me esperó la voz de Gonzalo Celorio hablando de Pellicer. Subo el volumen y transcribo, para que sople un aire tabasqueño esta mañana: 

Ustedes imagínense a Carlos Pellicer, un muchacho muy joven, estudiante de la Escuela Nacional Preparatoria. Me lo imagino desde el segundo piso del antiguo  Colegio de San Ildefonso, todavía desprovisto de los murales de Orozco, con sus calcetines anaranjados, como son famosos, diciendo el primer poema: 

´En medio de la dicha de mi vida,
deténgome a decir que el mundo es bueno
por la divina sangre de la herida´”.

Voy ahora por uno de sus libros. Corrijo. No es un libro. Es la casa de la alegría, como dijo una vez Gabriel Zaid. La puerta está abierta. Paso. Pasemos todos. 

Continuó oyendo a Celorio: 

“Poeta de dieciocho años, tal vez, confesando una fe religiosa, hablando de la bondad del mundo en un tono alegre, cuando todos los poetas adolescentes más bien se quejan, sufren, se duelen y manifiestan su dolor, su pesadumbre, su escepticismo. Por ahí José Joaquín Blanco decía de Amado Nervo que él no era un gran poeta, porque un poeta que dice en un poema que está en paz con la vida no es un poeta. Pero Pellicer ¡vaya que es un poeta! Un poeta de la alegría. 

Y este poeta al final de sus ´Esquemas para una oda tropical´, se sigue manifestando creyente y esperanzado y persiste en su alegría. Fíjense en estos últimos versos de Pellicer:

´Y en noches luminosas
la brisa huésped de la madrugada
agita con las yemas de sus dedos
el verde oro caudal de aquellas plumas,
retoño volador del árbol muerto´. 

´Y en noches luminosas´. Todas las noches de Pellicer siempre serán luminosas, cálidas, brillantes. ´La brisa huésped de la madrugada´, es decir, estamos en el momento del amanecer. Agita…´ . Y aquí utiliza una prosopopeya, es decir, le da a un fenómeno inanimado estas facultades humanas, le atribuye dedos a la brisa.  ´La brisa huésped de la madrugada/ agita con las yemas de sus dedos´. Y aquí hay una espléndida metáfora de un ave tropical, seguramente un quetzal. Yo pienso en un quetzal. ´El verde oro caudal de aquellas plumas´. Pienso en un quetzal porque, pues si es un caudal de plumas, siento que esta cola de los quetzales tan larga podía corresponder en su largura a esta palabra de ´caudal´ , y además, este colorido ´El verde oro caudal de aquellas plumas/, retoño volador de un árbol muerto´, que es maravilloso, un árbol muerto en donde finalmente todavía anida la vida en esta ave que despierta en el momento del amanecer y emprende el vuelo, en contraste con el árbol muerto donde ha pasado la noche y donde está posada.  

Pero fíjense ustedes como tiene dos posibles lecturas. Una de carácter poético: da la impresión de que es casi una alegoría del poema, que el poema vive o sobrevive, a pesar de que el poeta que albergó a esta ave ya haya muerto. Es como la supervivencia de la poesía, más allá de la vida del poeta.  

Nunca hay una sola explicación para un poema, por supuesto, ¿no?  No estamos en un discurso matemático. Estamos en un discurso poético, en donde las palabras, como dice el propio Bachelard, tienen una resistencia a la significación precisa. Pero a mí me gustaría darle también una interpretación religiosa: parecería que es el alma la que vive, la que  pervive a la muerte del cuerpo que estaría representado por el árbol, el árbol muerto.  

Lo que es cierto es que hay una continuidad, como bien lo vio Gabriel Zaid. Una continuidad entre este primer poema dichoso, alegre, y el último poema en donde mantiene longevamente una fe que no ha fenecido”. 
--
 
Recuerdo la primera lectura que hice de Pellicer. Fue una tarde del año 66, en la Biblioteca Pío Tamayo de Barquisimeto. En un número de la Revista Nacional de Cultura leí con asombro un poema cuyos primeros versos me parecieron fascinantes. Todavía los puedo decir de memoria, sin error alguno: “He olvidado mi nombre./ Todo será posible menos llamarse Carlos./ ¿Y dónde habrá quedado?/ ¿En manos de qué algo habrá quedado?”. El poema entero me pareció deslumbrante.
 
Salí de la biblioteca, ebrio de Pellicer, y caminé por la 26 hasta la esquina de la 20, diciéndome un verso que acababa de hacer mío: “Todo será posible menos llamarse Freddy”. El poema lo había copiado en un cuaderno. Cuando llegué a la casa abrí de inmediato la vieja Underwood. Lo transcribí para agregarlo al primer atlas de Warburg que yo tuve: una carpeta que albergaba, entre otros tesoros, Semillas para un himno de Octavio Paz, poemas de Quevedo, Góngora, Gerbasi y Paz Castillo. También –hay que decirlo- allí estaban los textos que con el nombre de Erasmo Felipe me atreví a escribir yo mismo en esa máquina viajera.

Todo en ella era posible, menos llamarse Carlos o Freddy.

Thursday, November 22, 2012

Un sauce

 
 
Santiago Rusiñol. Sauce
 
En dos vueltas al parque, la alborada. Fronda y pájaros escritos en antiguos códices. En la mesa aguardan libros. Afuera transcurren los enigmas.

Abro la ventana y recuerdo un sauce que estuvo allí alguna vez.


Solo afán de respirar tranquilo, conforme a esta íntima, leve heredad del día a día.

Tuesday, July 24, 2012

UN GRIDO TACIUTO, UN SILENZIO


EL VIEJO PAVESE RECITADO DE LA CASA

Para Luisana y Martín, la lectura inmensa de Vittorio Gassman:

http://www.youtube.com/watch?v=MHttxuiCxe0

Sunday, June 03, 2012

Retrato perdido




"Ma certo il mio Simon fu in paradiso..."

Que sólo en otro mundo pudo Simón ver el alma de ese bello rostro. Así lo dice Petrarca en un soneto admirable. La vieja idea platónica de los arquetipos y esplendores se desplaza serena en los versos de Francesco, que cantan de nuevo a Laura y elogian a su retratista Simone Martini, quien hubo de ir primero al Paraíso para dar fe de esa increíble hermosura del trecento.

Wednesday, November 30, 2011

Diciembre llega bajo la lluvia


Una noche de lluvia. En el balcón
la oigo caer límpida, amorosa,
y estas tristes hojas que dormían
recobran ahora viejas dichas.
Llegan diciembre y sus imágenes.
Yo leo un verso de Gerardo Diego:
Tú y tu desnudo sueño. No lo sabes.

Tuesday, November 29, 2011

El vino de Pavese


Dolcetto d`Alba Cesare Pavese


Llegó la noche sobre el Po
y se despidió de los amigos.
Una espesa niebla arropa
su paso desolado por la calle.
Piensa en las colinas
que se elevan tras el río.
Se aleja lentamente y sonríe.
Quién sabe qué allegrezza
borró de pronto
el tormento de su cara.

Sunday, June 26, 2011

Pavesiana en Roma



Lo que me gustaba de Roma
era justamente esa manera de perder el tiempo que se siente en el aire.
Si bebía una copa
ya no era como en Turín;
no bebía de rabia...
sentía el vino claro entrar y recrearme  por dentro.
Todo el mundo era un camino como Roma.